Final de mayo. Suiza. Era un finde de lluvias (para variar). Llegaba "el buen tiempo" y estábamos hartas de los planes de siempre. Nos armamos de valor y decidimos ir a pasar el día en coche a Ginebra, a apenas 65 km de distancia de Lausanne. Por suerte no llovió por el camino y el viaje pasó tranquilo, rápido y divertido. Nos encontramos con un poco de tráfico a la entrada de la ciudad, pero nada que no pudiera solucionarse con música alta y estupideces. Además encontrar aparcamiento fue "pan comido".
Risas, risas y más risas acompañadas de chucherías previamente compradas en el Lidl de al lado de casa.
Así nos recibió Ginebra: con sus cuestas y un diluvio que era práccticamente granizo. Y yo...sin paraguas.
Tuvimos que refugiarnos a los pies de la catedral, en el casco antiguo y a los dos minutos se abrió un cielo azul como si nada hubiera pasado que nos motivó a seguir caminando y perdernos entre las calle de Genève.
Las vistas como siempre preciosas: a los pies del lago, sobre una pequeña colina, con los edificios de ese estilo tan europeo, todos de piedra y ventanas de mil colores. Y a lo lejos el Jet d'Eau:
Lo que más me llamó la atención sin duda es una iglesia ortodoxa rusa del siglo XIX en el barrio de Les Tranchées. Nunca había visto una iglesia de este estilo y el dorado de sus cúpulas brillaba en contraste con el cielo y el resto de edificios, en esa colina en la que está elevada. Entramos y estaban dando misa, el interior es muy pequeño y había un ambiente muy recogido. No queríamos molestar, así que estuvimos muy poco tiempo y nos fuimos. La decoración interior también es exquisita, pero no hicimos fotos.
Os dejo una foto que he encontrado de su construcción antes de 1900.
El cielo volvió a tornarse gris, pero eso no era una excusa para dejar de visitar el lago. Aunque ahora sí empezó a granizar y tuvimos que buscar un sitio para la cena antes de volver a casa.